viernes, 25 de octubre de 2013

MI SUÉTER VERDE


   Un efecto esencial de la elegancia                                                                                                                                                    
                                                                   es ocultar sus medios.
                                                                                                  
                                                                                                    Honoré de Balzac                                                     
                                                           










                                                 MI SUÉTER VERDE



Ya no sé qué hacer con el suéter verde, me colma. Los pensamientos que escribo siempre ya pasaron.

El suéter verde me ha metido en problemas. Ahora estoy convencido de que las cosas más pequeñas son las que hay que narrar; lo que pasa es que se me olvidan porque mi cerebro ya está en otra cosa.  Todas las  posibles historias pasan como pasaría una película en una sala vacía.

La primera vez que me  puse el suéter me dijeron que tenía cara de  novelista o de niño rico. Sí, a veces me siento como  chico rico, es decir: se me procuran los buenos viajes. Digamos que el rostro de un niño se asoma por mis ojos, digamos que mis ojos se asoman a mirar a un niño.

Estoy con mi ex novio, me parece que el tiempo nos ha reducido a dos payasitos de esos que salen en las películas de Jean-Pierre Jeunet. Y es que mi casa es tan pequeña que es un poco ridícula, se asemeja a esas casas con carpetas color rosa con  un exceso de mobiliario decoratorio. Tengo el cliché  de  coleccionar teteras. Agradecí la  compañía de mi ex novio, las sombras me hablaron. Me pidieron que les prendiera una vela y que les hiciera un poema a las hormigas, a las arañas patonas y a sus crías  con las que comparto mi casa.  Las arañas patonas cambian de piel cada 18 o 20 días, dejan su sombra por el techo como huellas, son los cascarones de arañas vacíos, sin sustancia, como las sombras.

Mi ex me causa  gracia. Si yo digo: ¿Que bonitas son mis arañas, verdad? El diría: sí son bonitas, pero cuídate porque cuando ya no tienen que comer te pican.
Si yo pregunto: ¿te gusta esa mascara  de viejito tallada en madera?
El diría: sí, es muy bonita, lástima que a quienes las hacen los explotan terriblemente.

Ahora me parece gracioso, pero seis años atrás cuando yo tenía dieciséis,   me lo creía todo. Me hablaba de contactos con  ovnis, me hablaba del fin del mundo, de espíritus y de duendes, todos malos, muy malos. Yo  le respondía: ¿dónde? ¿Dónde están? Y él me respondía: allí,  ¿que no los ves?

Toda la noche  recordamos nuestras aventuras en las selvas de Chiapas, como aquella vez en dónde peleamos contra enanos por no  respetar nuestro turno en la liana y dejarnos echar un clavado en el estanque de agua. Peleamos con caballos negros con caras de demonios en la sierra de Huautla de Jiménez, en Oaxaca, donde  salvamos a un niño de los malos espíritus. También recordábamos cuando vendíamos en nuestro puesto  hippie conjuros mágicos y piedras traídas desde el desierto del Sahara. Nos hacíamos limpias en las cascadas de agua azul y nos poníamos a leer las cartas en Catemaco diciéndo a la gente que veníamos desde un lugar recóndito del Perú.
Y pienso: cuando sea un  escritor decente tendré  la mirada de una hormiga, la voz de una ballena, el ladrido de un perro, tendré la voz de una piel muerta de una araña patona, tendré la voz de una sombra.

Sí, creo que sí soy un niño rico. El suéter verde me lo regaló mi madre,  venía con un  pequeño hoyo en el codo. Mi suéter verde me colma.

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