Viernes 24 de agosto de 2007.
¿Sabes cual es mi pasatiempo preferido en este lugar? le doy de comer a los pájaros que a esta gente le permiten conservar. Los tienen en el patio; en tres jaulas de cinco metros por tres de altura, son bellísimas.
Enterré el cuchillo, William, lo enterré cuatro veces.
Lo hice William y lo hubiera hecho por otro, alguien con otro nombre.
La maldita gravedad… pero llegaste y te llamas William y no gustas de Balzac. Te extraño. Te extraño por la vez que dormiste a mi lado y te descubrí observándome dormida, te extraño por no entender a Balzac. Por tu manera superflua de conducirte, aquel rostro que se le resbalan las cosas y las acepta sin más.
Tengo miedo a no extrañarte. Pocas personas recuerdan aquí que extrañan.
Pensé en hacerte un poema, no lo haré. Me llenaría de vergüenza, me sentiría ridícula escribiéndote un poema ¿Cuál es la edad para dejar de hacer poemas y dejar de sentir vergüenza? Tengo 42 años, William, y la vergüenza me invade dulcemente.
La ignorancia se acaba, William, se acaba y a nadie parece importarle, una mujer y un cuchillo aprendiendo a callarse y callar a los demás.
El placer de ser culpable, William.
¿Te acuerdas cuando fuimos a ver esa película de niños vampiros? Esa tarde hicimos el amor de manera diferente, viste la brutalidad en mi cuerpo y mi llorar fue un temblor, un reflejo físico del corazón cuando se siente ausente de miradas. ¿Tendríamos que avergonzarnos de tal rugido?
Hacer el amor con el diablo, William.
Me guardé de las miradas aturdidas.
Ya en la oscuridad habitual del mundo, me detuve.
Es un miembro monstruosamente viril, me arrojé a mamarlo con mi boca, a mamarlo hasta que le brotaron lágrimas venidas de otro tiempo.
Hasta que a la penitencia le salieran alas.
Hasta que explotó mi tráquea y después él. El diablo, me dedicó una misa.
Me entregué a las heridas de guerra que vi en sus ojos, sus pupilas me reclamaron el mundo.
Fui penetrada por sus heridas, una por una hasta que se vació, todas tienen la misma mirada, todas se dieron a mí. Sus venas alrededor del pene pedían ser succionadas, apaciguadas, pedían un lugar donde reposar la tarde. Mi culo abierto, húmedo por algunos relatos ya contados a punto de morir, exhalaba aullidos incitándolo a descansar en él. Adentro rompiéndome vértebra por vértebra nos invade un miedo. Un miedo venido de las piedras, de los ríos, del cielo.
Lisa Nowak, desde el infierno.
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