martes, 10 de septiembre de 2013

Una carta; hacer el amor con el diablo.


  Viernes 24 de agosto de 2007.

¿Sabes cual es mi pasatiempo preferido en este lugar? le doy de comer a los pájaros que a esta gente le permiten conservar. Los tienen en el patio;  en tres jaulas de  cinco metros por tres de altura, son bellísimas.
Enterré el cuchillo, William, lo enterré cuatro veces.
Lo hice William  y  lo hubiera hecho por otro, alguien con otro nombre.
La maldita gravedad…  pero llegaste  y te llamas William y no gustas de Balzac. Te extraño. Te extraño por la vez que dormiste a mi lado y te descubrí  observándome dormida,  te extraño por no entender a Balzac. Por tu manera superflua de conducirte,  aquel rostro que se le resbalan las cosas y las acepta sin más.
 Tengo miedo a no extrañarte.  Pocas personas recuerdan aquí  que  extrañan.
Pensé en hacerte un poema, no lo haré.  Me llenaría de vergüenza, me sentiría ridícula escribiéndote un poema ¿Cuál es la edad para dejar de hacer poemas y dejar de sentir vergüenza? Tengo 42 años, William,  y la vergüenza me invade dulcemente.
La ignorancia se acaba, William, se acaba y a nadie parece importarle,  una mujer y un cuchillo aprendiendo a callarse y callar a los demás.
El placer  de ser culpable, William. 
¿Te acuerdas cuando  fuimos a ver esa película de  niños vampiros? Esa tarde hicimos el amor de manera diferente, viste  la brutalidad en mi cuerpo y mi llorar fue un temblor, un reflejo físico del corazón cuando se siente ausente de miradas. ¿Tendríamos que avergonzarnos de tal rugido?  
Hacer el amor con el diablo, William.
Me guardé de las miradas aturdidas.
Ya en la oscuridad habitual del mundo, me detuve.
Es un miembro monstruosamente viril, me arrojé a mamarlo con mi boca, a mamarlo hasta que le  brotaron lágrimas venidas de otro tiempo.
Hasta que a la penitencia le salieran alas.
Hasta que explotó mi tráquea y después él.  El diablo, me dedicó una misa.
Me entregué a las heridas de guerra que vi en sus ojos, sus pupilas me reclamaron el mundo.
Fui penetrada por  sus heridas, una por una hasta que se vació, todas tienen la misma mirada, todas se dieron a mí.  Sus venas alrededor del pene pedían ser succionadas, apaciguadas, pedían un lugar donde reposar la tarde. Mi culo abierto, húmedo por algunos relatos ya contados a punto de morir, exhalaba aullidos incitándolo a descansar en él. Adentro rompiéndome vértebra por vértebra nos invade un miedo. Un miedo venido de las piedras, de los ríos, del cielo. 

                                                                      Lisa Nowak,   desde el infierno.

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