martes, 10 de septiembre de 2013

TRANS





                                    El amor no es sólo un sentimiento. 
                                    Es también un arte.
                                                                                                      Honoré de Balzac.

                                               
                                        
                                                         TRANS 
                                                              


                                                              I
                                                  William Ofelin 


Cuando escucho mi nombre: “William Ofelin,” apenas  lo puedo creer, en realidad hay cierta intuición que me dice que tengo el papel y no Lorent.

Durante mi año sabático, en la Academia Naval de los Estados Unidos, uno de esos días  dónde el sol alarga las horas, pagar  cerveza con plástico dorado te recuerda tu posición por arriba de muchos.

Lorent es un mal actor, nunca me ha dado pena decírselo, a él tampoco le importa serlo. Insiste en que lo acompañe a la audición, quiere  presentarme   a una  mujer amiga de su amante en turno para ir a tomar unas cervezas después del casting. No sé por qué acepto. Ahora tengo un papel en una obra de teatro con ensayos pagados, y  a una  mujerzuela que le entusiasman mis tatuajes de la adolescencia. 

¿Balzac?, recuerdo vagamente ese nombre por mi paso en la preparatoria, recuerdo a un viejito aburrido, idealista, un poco frío a la vez. Pienso que al viejo le  fue mal con las mujeres. Ahora tengo que memorizar  varias frases del viejo. La directora del proyecto nos habla sobre “el texto en el cuerpo”, es algo así como la última tendencia en teatro, supongo. La mujer menciona tres o cuatro veces el término iconoclasta.

Nos aclara que las frases las ha sacado del libro “La sabiduría de Balzac”.  Al proyecto  lo visualiza como un collage compuesto de varias disciplinas escénicas. Un comic japonés con hamburguesas y  sombreros mexicanos. La mujer  se esfuerza,  parece culta, una mujer comprometida con buenas tetas.

Cuando se lo cuento a Lisa Nowak, se burla de mí. Me confiesa que  a ella, Balzac le parece interesante, me sugiere releerlo y no subestimar, la verdad es que esta mujer cada día me impresiona más. Sé  de sus problemas para relacionarse con las personas. Sé que ha estado medicada y de sus múltiples  crisis nerviosas. Balzac es el colmo. Me propongo releerlo cómo me sugiere Lisa. Aprenderme las primeras líneas del texto, frases afeminadas y anticuadas  como:”Nada es más santo ni más sagrado que los celos. ¡Oh, hermoso ángel de la guarda mío!, los celos son el centinela que no duerme nunca; son para el amor, lo que el alma es para el hombre, un verdadero aviso”

Sé por qué me escogen, el entrenamiento que recibo en la academia se ve a primera vista. La mujer quiere carne, mucha carne en su obra de teatro contemporáneo.
Después de coger con  Shipman en su departamento como casi todos los lunes por la tarde le pongo una prueba, leo el siguiente fragmento:”Un enojo concentrado es un veneno mortal” pregunto  si le gusta la frase, ella ni siquiera me  escucha.

  Si Lisa Nowak sabe hacer algo es volar. Coge como una diosa, un monstruo. Una gran  perra. Ha  completado 12 días, 18 horas y 36 minutos de vuelo orbital, se ha montado en 30 aeronaves distintas y tiene bajo su mando a cerca  de 150 maricones, todos queriendo volar con ella. 
Me  gusta la aberración de la materia, esa furia  absurda de las máquinas al encenderse para volar en los cielos o incluso en el infierno. Esconderme de la muerte,  jugar con la carne.
“Un  arma es todo lo que puede servir para herir, y por esta razón, los sentimientos  son quizá, las armas mas terribles que el hombre puede emplear para herir a sus semejantes”.
“Un  arma es todo lo que puede servir para herir, y por esta razón, los sentimientos  son quizá las armas mas terribles que el hombre puede emplear para herir a sus semejantes”.
“Un  arma es todo lo que puede servir para herir, y por esta razón, los sentimientos  son quizá las armas mas terribles que el hombre puede emplear para herir a sus semejantes”.

La mujer nos exige repetir el texto sólo tres veces al día para aprenderlo, pronunciarlo cada vez que comamos, la idea es comer del texto. A  ella no me la cojo. Me limito a poner la mayor atención  en sus jodidas instrucciones, todo es nuevo para mí. Los maricones de la obra me caen bien, adictos mal nacidos: no pueden vivir sin sus “gemelitas”, las gemelitas como ellos les llaman son dos  líneas de cocaína  como a eso de las diez de la mañana. Somos seis en el grupo, los dos maricones: uno actor y el otro bailarín, una mujer que se hace llamar Ingrid, bailarina de una mierda oriental que nadie conoce a  la que, por supuesto, me  cojo. Una tal Merlinni  de origen italiano, una tía  bastante  apetecible y muy simpática, la más adicta del grupo, ella es actriz,  bailarina y pelirroja. Tiene 24 a lo mucho, Naoko Espejo y yo. 
Aprendo de ellos, me enseñan a respirar como un  maricón  en escena y  a moverme como un maricón profesional y hasta tomamos cerveza en bares de maricones.  No pueden creer que un marino esté en su proyecto de teatro contemporáneo, que, básicamente, consiste en salir desnudos la mitad de la obra. Yo soy una especie de engendro. Naoko  concibe  mi papel como la pasión dentro  de los personajes.
Naoko no requiere  de tanta coca para sostenerse en pie,  vive de odiar a la gente mediocre.  Me hace repetir las frases como un mongol después de ponernos  a hacer estupideces como babearnos entre nosotros todo el cuerpo y  respirar por más de 40 minutos como bestias, como animales fornicando. 

 A  Merlínni, la italiana, le causa mucho placer verme haciendo tales estupideces, le da por reírse cada vez que se acuerda durante el día y después me da un beso o me  pellizca la nalga. La mal nacida me hace sentir como  su puta.
Naoko Espejo me dice que lo que le interesa de mí, es justo mi ausencia de entendimiento,  no le interesa que tenga el más mínimo de talento actoral.


 Ha durado alrededor de tres meses  la relación de Shipman, Nowak, y yo. La obra se estrenará en una semana.  Lisa se  ha comportado algo extraña,  empieza a hablarme algo consternada de su hijo. Estoy dispuesto a que se quede en mi  departamento el tiempo que lo necesite. Se comporta como una gatita enferma, nunca se mete con mis cosas.  Se  acuesta en un sofá, en una esquina de la casa donde pegan  los  rayos de sol,  yo la miro  e intuyo lo que pueda pensar: en la gravedad de las cosas;  en la gravedad de los autos que  nunca dejan de moverse por las calles, en la gravedad de las personas que tampoco dejan  de moverse por las calles, en las propias calles  que tampoco dejan de moverse sobre otras calles  -calles que están enterradas pero que siguen estando ahí, una sobre otra-,  edificios sobre edificios,  puentes sobre puentes, iglesias sobre  iglesias. En la gravedad  de las cosas.


 Lisa toma somníferos cuando no le da la gana volar.  Es muy posible que Lisa y Shipman  se conozcan, o por lo menos alguna vez se  hallan visto, incluso puede ser que Nowak  haya educado en  las horas de vuelo a Shipman.
                                                             
                                              
                                                






                                                               II
                                                            Silvio

Por qué  le dan tanta importancia a  esa Lisa Nowak, esa astronauta loca.   La rueda de prensa la darán a las  seis con quince, tengo el tiempo justo para hospedarme en la pocilga que seguramente me habrá reservado el  periódico. Odio decir que soy un periodista mexicano. Contestar las preguntas que los colegas extranjeros formulan en el lobby o a la hora de tomar café y preparar la cámara o la grabadora. Uno siempre sale como un mártir del periodismo, un santo; y sólo por el simple hecho de ser periodista  mexicano.
  El hotel no está nada mal,  guarda  cierta ilusión, una ilusión que dice: no hay problema, estás en Norteamérica, el cash viene del cielo. 
 Amo a las ciudades, a nadie le importas; es la propia ciudad y su mecanismo para auto- eliminarse. Es el tiempo que le baja las pantaletas cuando se le da la gana y se la coge. La deja botada como una perra callejera; flaca  y con la vulva dilatada. Y luego la perra tiene que amamantar a sus cachorros  con tres gotas de leche.
Es el tiempo sobre la ciudad que viene  a desparramar su veneno. Le exige que se ponga guapa, que se pinte los labios, que esté siempre lista para embestirla.
Que no llore  cada vez  que  a ésta se le ocurre  recordar. Cuando eso  pasa, el tiempo le pone una madriza,  le pone perfume y la invita a cenar. La ciudad se calla, lo mira,  pide lo mismo para cenar. El tiempo entonces le acaricia la mejilla, y dice: “Te has portado a la altura”. Se convence de nuevo para sí; “Sí. La ciudad  sigue siendo una dama”. Le  regala la  lluvia. 
Esas fueron las imágenes que  mi cerebro  me entregó al llegar a la Florida.  A veces me provocan malestar y empiezo con un ligero dolor de cabeza, a veces minorizo el malestar con una cerveza y sólo algunas veces termino por digerirlas.
-Silvio Mujan,  periodista de El Sol.  Le digo al tipo que atiende la puerta principal de la Fiscalía. 
Lisa Nowak  está más loca de lo que pensé, mira que decir que sólo se le acercó  para platicar,  luciendo el cuchillo por todo el aeropuerto en una especie de trance que le impedía ver la insensatez del acto.  Ella corriendo con el cuchillo por el aeropuerto apuntando la vista fijamente al cuello de  Colle Shipman.  ¿Platicar?
 Sus abogados la interrumpen, aclarando que su cliente atraviesa por un manojo de patologías relacionadas con el sistema nervioso; que su cliente es presa de la maniaco depresiva actitud  que la  ha  acompañado por  años; que justamente esto y la negligencia de sus médicos  provocaron lo sucedido. Lisa Nowak es declarada enferma por parte de sus abogados. Se lo comunico  a mi jefe de redacción,  me  contesta que se  envíe el informe  antes de las diez de la noche, hora del centro de México. Ernesto me sugiere que, ya que ando por aquí,  me tome las vacaciones que  he pedido. El hijo de perra  no tiene fondos. ¿En Orlando?   Ernesto me cuelga. 
Las personas salen de la fiscalía y  los reporteros toman las últimas fotos de la astronauta loca y de la parte acusadora, la mujer que lleva por nombre Colle Shipman. 

Enciendo mi último cigarro, veo salir de la Fiscalía al hombre que parece ser el culpable de este lío vehemente: William Ofelin.  Un tipo alto,  con musculoso,  cabello castaño y  unas pocas arrugas americanas, de esas que suelen ser más delgadas, como agujas de coser amontonadas. Le calculo 36 años. ¿Por qué no se hace acompañar por alguien  en esta situación? Lo sigo varias cuadras, entra en un bar. El lugar  tiene  por paredes  grandes peceras, una especie de  laberinto; pasillos cuadrados, vacíos al centro, una corriente marina del futuro. La luz cálida. Pido cerveza. Voy directo  a donde está,  me  presento sin rodeos: 
─Me llamo Silvio Mujan, de El Sol. Un periódico de la ciudad de México. Sé un poco de tu historia. 
 ─ ¿Qué  quieres saber?  –me contesta.
─No conozco a nadie en la ciudad, mi jefe de redacción me trajo hasta aquí y el tipo me ha dejado con boleto de regreso pendiente. La verdad me interesan estos chismeríos. Lisa Nowak se veía abatida. ¿La sabiduría de Balzac? ¿Es tuyo el libro?  
─Es para una obra de teatro -contesta.
─ ¿También eres actor?
─No. ¿Lo  has leído?  -responde William.
─Sí, de alguna manera por él estoy aquí; la indagación de los hechos, de las causas. Es mi trabajo ¿Como conociste a Nowak? -pregunto.
─ ¿A qué te refieres con que por él estás aquí? –pregunta William.
─Ya sabes,  El Naturalismo… -respondo.
─No entiendo nada de lo que dices. A Lisa la conocí en   una cena. Cada dos años el presidente se reúne con  los pilares del Estado;  milicia, la N.A.S.A,  la Marina, cadenas de televisión, empresarios…
Lo interrumpe su celular.
 ¿Es legal tener a los peces de esa manera? Me pregunto. Calculo, al menos, mil, ¿cómo pueden  descansar? Por otra parte la música no es estridente, tampoco es Chopin, es más bien Jazz, un Jazz con sonidos del mar, alcanzo a percibir el sonido  que produce una ballena, otros sonidos como de bombitas que en los años setentas invadían las pistas de baile, sólo que éstas están estiradas, deformadas. Las ballenas me parecen  animales  melancólicos. 
William termina con la llamada.
─Parece que la Florida se ha convertido en el centro del mundo  -afirma.
─ ¿Entonces lo de la actuación es pura distracción? –cuestiono.
─No, no es una jodida distracción, ni nada. Acabé en una compañía teatral por  accidente. Oye, me interesa esa mierda del  Naturalismo, me interesa saber todo lo referente a ese chingado Balzac. –exclama.
─Ya entiendo, es Lisa Nowak, ¿verdad?  Estás metido en este lío de Balzac por ella -digo.

─Naoko  me  llamó, llega en 2 horas con parte de la compañía,  darán una fiesta los niños más influyentes de la Florida.  ¿Te suena TEXACO?  Darán una fiesta. Naoko menciona  que estarán  artistas de vanguardia. Parece que nos prostituiremos un rato. Tal vez a ti y a tu naturalismo les convenga. Te veo en este  lugar a las diez,  ¿te parece? –contesta evadiendo la pregunta.
─ ¿Quién es Naoko? –pregunto.
 ─Ve,  responderé  las preguntas que me hagas -contesta,  paga mi cerveza con plástico y se va.
La Florida  empieza  a embarrarme  de su mierda a las pocas horas de haber llegado. El atardecer hace de la belleza de esta ciudad algo alucinante, las palmeras  contrastan con el  anaranjado cielo, sombras muy negras que se mueven al vaivén del viento, anuncian la entrada de la noche, la entrada de  la verdadera luz de la Florida.
Las personas en la Florida parecen ser salidos de cajas, cajas de muñecos de todos los países del mundo: negros, amarillos, blancos, rojos. El cuerpo en la Florida es el único templo de donde la ciudad se nutre.
Tomo un baño. Repaso  las imágenes nuevas que mis ojos han visto desde que llegué  y también las que no he visto. El cerebro hace una posible historia con  la mezcla de esas imágenes para luego presentármela y yo rechazarla y empezar de nuevo. Me gusta la historieta de la fiesta que me entrega el cerebro. Contiene  cantidades de sexo, imagina ligar a una de esas latinas de la Florida; una brasileña melancólica de  39 años con tres libros publicados. El problema   es  que mi cerebro supone a una poeta. Evidentemente rechazo el final.
¿Balzac? ¿Que tiene que ver Balzac en todo esto? ¿Porqué un marino como William Offellin tendría que estar leyendo a Balzac?  A los artículos que me interesan les hago dos versiones: una que entrego al periódico y otra me la quedo.  El artículo  que el cerebro me entrega en la regadera es el siguiente: 

BALZAC, EL RECUERDO MÁS PRESENTE  EN LAS CIUDADES LUZ

Un  recuerdo en forma de holograma  de una mujer que llevaba por nombre Lisa Nowak se logró proyectar en  los laboratorios del banco  global de  A.D.N.  El holograma nos contó un hecho de cuando aun vivía en  Florida.  La imagen vista por las personas allí presentes  la describen  con una fuerza poética  propia de su época. Llama la atención que la palabra Balzac está escrita en cada una de las imágenes. Los colores  predominantes son los azules, lo que nos sugiere la idea  de que el recuerdo proyectado tiende a una nostalgia dada  la circunstancia. El holograma de Lisa Nowak muestra un asesinato. Hay aviones,  se  aclara el cielo, luego se ve un movimiento en dos líneas paralelas de  dos astros vistos nítidamente desde la tierra. La imagen se oscurece,  se cierra el cielo con nubes de tormenta. El material proyectado ha quedado registrado.   Los especialistas lo analizan. El director del instituto global de la imagen también ha pronunciado un discurso sobre la importancia que tiene el hecho para  el patrimonio de la institución.

La limousine se estaciona junto a mí. Sé que son ellos porque del techo salen dos locas  con  unas plumas sujetadas a la cabeza con una cinta.  Son justo las personas que sólo caben en las llamadas compañías teatrales. Hablan muy rápido, no  les puedo  entender bien.
Subo a la  limousine, allí está William sirviendo cocteles, me presenta  con la compañía: Merlinna una italiana, Naoko, la directora del proyecto, los dos maricas y William. La italiana me habla en español, es pelirroja. Me comenta que falta otra mujer de nombre Ingrid y se disculpa por la vestimenta de los maricas que poco  tiene que ver con el pasado de México. A ella sólo la cubre un vestido cortísimo y entallado, de esos que estaban de moda en las series gringas de los ochentas,  es rojo.  Naoko Espejo lleva  una minifalda  negra bordada con motivos prehispánicos en las caderas, en su falda puedes encontrar el rostro de un dios al que asocian con un murciélago,  brilla en tonos morados. En el torso  lleva  una pechera de plata que deja ver sus senos por los espacios entre los cráneos diminutos que la forman. Su piel está cubierta por destellos morados,  se roció de esas fragancias que contienen brillos. Lleva tacones  negros, con un adorno que forma  un abanico con pequeñas navajas de obsidiana.  William  se  limitó a ponerse unos jeans ajustados y una camiseta de tirantes en color negro. La italiana me explica que la fiesta se relaciona de algún modo, modo que ella tampoco comprende, con el pasado de México.                                            
                                            

                                                    III
                               El sueño, el hermano de Annie



Entré a la  casa.
 Los conejos  aparecían  en el primer piso,  se  escondían, me veían. 
 Subí por unas escaleras  de madera,   a medida que avanzaba hacia el segundo piso los conejos se comportaban menos arduos,  más desfachatados, se paseaban frente a mí sin ninguna pena.
 Tronaban las lajas de madera al caminar, el sol se colaba por las ventanas. 
  Miré a los conejos  que se paseaban  entre mis pies como  gatos.
Los ojos de los conejos habían crecido, eran  del tamaño  de un ojo de caballo  pero su cuerpo permanecía de tamaño normal,  se veían desproporcionados. Me miraban con  desvergüenza. 
Subí poco a poco  por las  escaleras, el crujir de la madera parecía inyectar vida otra vez a aquel lugar.
Llegué al tercer piso.  Los conejos ya  habían crecido a la par de sus ojos, ahora eran del tamaño de una foca, de andar lento.
  Mi hermana se encontraba en una habitación desnuda, recostada sobre  una cama.  Los rayos de sol caían sobre ella.   La piel de los conejos la tocaba por dentro, la piel de los animales estaba desparramada por toda la habitación,  no es que la pudieras ver;  en las  paredes  o en  la cama, simplemente  estaba ahí.
 Se dibujaba una sonrisa en los ojos de Annie, una sonrisa que  recorría la habitación. La piel de los conejos y la sonrisa  eran dos serpientes persiguiéndose una detrás de la otra.  
 Al siguiente día se lo conté todo.
Llegaron los conejos, los fui a ver, eran miles, un camión atiborrado de ellos. Los bajaron por la tarde del jueves.  
Estaba excitada con la idea del sueño, fue a ella que se le ocurrió inundar el jardín de fiestas de conejos para su evento. Esa misma noche quedó todo listo, sólo faltaba meter al monstruo de piedra en el hielo.  Se lo llevaron esa  misma noche y las flechas fueron instaladas sobre la superficie de los árboles del campo. Me prohibió asistir.
                                                               
                                                      












                                                                                         IV
                                                            Transmodernidad. El festín de la imagen.
                                                              
La fiesta  temática para mostrar la nueva adquisición  de una tal Annie.  Naoko   me dice que suele hacer fiestas de este tipo como  una forma de inversión y así presentar su nueva  pieza. Se le pone precio y sólo después de la celebración puede entrar en el circuito de  subastas
.
 Es un Chac Mol  que  desapareció hace diez años del Templo Mayor, en la ciudad de México.
─ ¿Y que sabes  de la pieza? −Pregunta Naoko. 
─Pues no mucho -contesto.
─Ya lo imaginaba. 
─Proviene de los toltecas, existen varias  en México. Es uno de los tantos símbolos arrastrados de las culturas del centro al sur de México. 

Bajamos del limousine. Me doy cuenta que estamos por arriba de una  pendiente y entramos a un estacionamiento donde hay varias decenas de carritos de golf en espera de transportar a los invitados. El grupo se divide,  yo me voy con Naoko, no hablamos ni una palabra. Naoko pone mucha atención en pintar sus labios y en enviar mensajes de texto por el celular.  El camino es oscuro, es un bosque.  En efecto,  salimos a un campo de golf. Los cochecitos nos dejan por debajo de una carpa  rectangular con dos filas de guarros por cada lado, la gente se saluda, hay viejos pero en su mayoría son jóvenes. Al final de la carpa puede verse la fiesta y a un costado  un especie de lobby  de dos pisos.

Naoko saluda a unos chicos  de uñas pintadas y con el cabello al más puro estilo del amazonas, de honguito,  haciendo una línea horizontal al frente. Yo me pierdo.

 Hay cientos de conejos, personas bien parecidas, modelos,  putillos exuberantes  con   abdómenes  pulcros. El césped está medianamente inclinado, el espacio no es tan grande. Nos limita del resto del campo de golf una franja de pinos que, vistos desde arriba formarían un rectángulo, en el centro estamos nosotros. Parece que la pieza queda al fondo, en uno de los vértices del área. Algunas personas hablan de los conejos. Vuelvo a encontrar a Naoko Espejo, me toma del brazo, me guía hasta donde  exhiben al Chac-Mol.

Ahí está, dentro de un cubo de hielo.  Cuatro metros sobre el suelo y alumbrado con luces en tonos amarillos y naranjas. Abajo hay un mecanismo instalado, una báscula electrónica de metal plana pegada al pasto, sobre ella un recipiente de cristal que recibe las gotas de agua. Forman un espectáculo. El calor de la luz hace del hielo su presa, acelerando su derretimiento y el sonido de las pequeñas cascadas desprendidas es reproducido en cada rincón del campo  haciéndolo sonar con eco.

─ ¿De modo que eso es todo?  -responde Naoko.
─ Sí, eso es todo
─ ¿Tienes idea de por qué está aquí la pieza? -pregunta Naoko
─No, ¿por qué?  
─Para salvarnos del aburrimiento, corazón. Me dijo William, que eres periodista 
─Sí, vengo por lo del pleito entre las astronautas
─ ¿Conoces a  Lisa Nowak? 
─No, la verdad muero de ganas, leí en la red lo sucedido, hasta ahora no  he tocado el tema  con William, no quiero que piense que soy una morbosa 
Naoko Espejo ríe, habla  con cierto sarcasmo
─ ¿Te  gusta la Florida, Silvio?
─Que quieres que te diga, ahora estoy entre cientos de conejos, con un personaje del pasado de mi país  que está metido en un cubo de hielo. Me gusta la Florida.

─ Yo no la soporto, será  el mar que lo tenemos tan cerca ¿Te has fijado en la sombra que proyectan las palmeras? ¿Te has fijado en la vulgaridad de la gente en este sitio? Es horrible Silvio, es un gran prostíbulo, y luego vienen esas cubanas, tan hambrientas; que lo hacen todo por figurar. En fin, Silvio, ya tienes otro motivo para odiar a los norteamericanos. -Ríe

─ ¿Lo dices por el secuestro de la pieza? La verdad, ese país  de dioses desquiciados, hambrientos de valor se quedó en los libros. México ahora es muy distinto, por lo que a mi respecta me tiene sin cuidado lo que hagan con esa pieza, a mi parecer ese tipo de maravillas están hechas para viajar, siempre lo han hecho de algún modo. Si yo fuera rico la compraría. Compraría arte egipcio, arte de Babilonia, arte chino, arte de todas partes, como le llaman ustedes.
─ ¿Ustedes? ¿Quienes? -contestó Naoko
─Ustedes, los que se empeñan en llamarlo arte
─ ¿Tú  cómo le llamas?
─ No le llamo. Hay palabras que  me fastidian;  la patria, por ejemplo, es una palabra  que lo único que denota es pobreza.
─ ¿Quieres una línea corazón? −dice Naoko mirándome entre risitas. 
 Acepto.

Los conejos se limitan a comer. En el jardín hay unos conos clavados al césped y sobre éstos; lechugas y demás legumbres.  Se  comportan con indiferencia en medio de tanta gente,  su atención se enfoca en las hojas de las lechugas desparramadas por el jardín. Se forman caminos entre un conejo y otro,  se forman rasgos.
Por lo demás, las extravagancias reunidas en esa caja de Pandora dejan mucho que desear, personalidades varias con historias que puedes intuir.

Naoko Espejo se pierde por ahí entre los invitados y yo me dedico a tomar de las charolas de los meseros cuanto trago me pasan por enfrente. Mi cerebro me entrega  las  siguientes imágenes con la presencia de los conejos:

Los conejos en realidad son personas. Personas viejas a otra velocidad. La peculiaridad en esta velocidad reside en que mueren y nacen sin darse cuenta. Para ellos lo único importante es el movimiento; estos individuos son los encargados de  transitarlo. Estos individuos sostienen esta reunión. 

¿Cómo  pueden no estar  vivos ni muertos?

Me  doy cuenta de que  ya he pasado por varios cocteles y que necesito hablar con alguien.

Encuentro  a Merlinna. Al verme, me da la mano en un movimiento exagerado para que la saque a bailar, entrega la copa a un amigo, se acomoda los senos en un tono de comedia, los miro e inmediatamente después me reta con la  mirada, se suelta el cabello.
La canción es un cover de lagrimas negras cantado por  adolescentes franceses y sintetizadores con maracas.
La tomo de la cintura, de la mano. Primero lo hacemos lento, luego todo es muy normal, una vuelta, cadera, tiempo, otra vuelta, esta vez con los dedos acariciándonos las palmas. Más tiempo, y luego cierro los ojos, -me cuesta trabajo coordinar-.  Luego pasa: el ritmo se convierte en imágenes.  Comienzo a bailar a mi manera, la suelto, empiezo a encorvarme un poco, y a girar,  a mover la cadera como suelo hacerlo. Merlinna ríe, me imita. Yo hago  caras extrañas, Merlinna se limita  a hacerla de mi espejo. Nos comunicamos. Luego Merlinna  da vueltas a mi alrededor,  sensual,  despacio. Se pasa la mano por el cabello, me roza con las nalgas  el miembro. De nuevo a la cintura, nos olemos el cuello, el cabello, el aliento. 

A partir de ese momento la reunión vuela sola. Los maricones son las personas más simpáticas que conozco. Después de bailar con Meerlinna se dedican a imitarme de manera magistral. Me llenan de  risas.
A unas dos horas de que salga el sol ocurre lo esperado, la primara persona a la que toca una flecha es  una mujer acompañante de un productor de televisión. Una mujer muy delgada y alta; un cliché de las mujeres venezolanas. Le destroza un pulmón.

La mujer se vuelve loca cuando algún cliente suyo le destroza el ano. Ella lo pide y aunque cobra  por eso, bien lo puede hacer  sin que le paguen, curiosamente a la hora de darle una primera nalgada brinca como si la tomaran por sorpresa; como cuando brincas estando dormido o sueñas que te caes y despiertas asustado. Lo mismo  pasa a la hora de introducirle un dedo en la vulva.

Son las imágenes que mi cerebro compone al verla tendida en el piso. A esta historia no le cambio nada.

No resisto mucho tiempo alrededor del cuerpo que yace en el césped. Se acerca un conejo guiado por el olor de la sangre, toma una hoja de lechuga ensangrentada  y se va. La música no para, ni las bebidas, ni la fiesta. Saco un cigarro, me tiembla la mano, el cigarro me sabe. Llego a la esquina donde se encuentra el Chac-Mol, hay poca gente observándolo. Naoko Espejo se encuentra ahí. Me acerco a ella.
─No sé si sean las luces que lo alumbran, pero ese Chac-Mol  me da miedo, parece vivo, su cara no deja de ser muchas caras, la de todos  -dijo
A lo que respondo:
─Es un viejo sin dientes, chimuelo, se le desorbitan los ojos de sed. El viejo tiene hambre en sus ojos. Tiene hambre de ver; una imagen, otra imagen, todas las pinches  imágenes existentes, ¡Naoko! ¿Entiendes lo que te digo?

            Enciendo otro cigarro, mi mano sigue temblando.

─Mira, si haces bizcos lo puedes ver; es la única  forma de ver quién es en realidad. Te hipnotiza su crueldad, hasta parece bella, hasta parece que no es crueldad.

Si lo miras de diferentes distancias se torna diferente, ¡mira Naoko! da tres pasos atrás y vuelve  a hacer viscos, míralo bien. Ahora se ríe, se ríe como un viejo contento y travieso. Mira, colócate, velo  desde aquí, a tu izquierda. Es la muerte con  adorno de flores sobre la cabeza, es el jaguar,  es la gran esfinge de Egipto.  También es la otra esfinge; la del acertijo.
Naoko  toma mi cigarro, en realidad parece interesada en mis palabras; hace lo que le pido sin emitir un solo murmullo.

─Es un gato egipcio sin piel, como un xoloitzcuintle. Mira Naoko, míralo bien; es nuestro espejo, ahí vamos todos en su rostro. Somos el rostro de la sed inagotable, somos el rostro del tiempo y del hambre; la muerte.  Muerte Florida,  guerra florida,  tiempo florido, como ellos le llamaban. No  podemos escapar a este deseo por la carne; ¡Naoko, somos un puto río sin causa. Naoko, somos la carne, sólo eso; “la carne por la carne!”, Naoko, ¡Escúchame! Somos Egipto haciéndonos la misma pregunta. Somos Egipto en la Florida con bebidas de colores, con automóviles y aviones… Somos puto Egipto haciéndonos la misma pregunta, Naoko, ¿Qué es la carne? Respóndeme Naoko.
─Es una ilusión,  lo único que tenemos, Silvio. Me parece que hemos bebido demasiado, ¿quieres una línea? –responde.
Acepto.

 A los tocados por las flechas  – que son dos- los espera una ambulancia, médicos y enfermeras listas para atenderlos y llevárselos a algún hospital, todo en la más absoluta discreción. Las ambulancias no  prenden  luces  ni sirenas.  Me da la impresión de que por cada tocado, la fiesta acelera. Es más, puedo imaginar por qué acelera; acelera por  una nostalgia indecible, callada por su obviedad. Suspiras por la fortuna  y la infortuna de no haber recibido la flecha.  Dos impresiones,  no desde lo individual;  sino desde la totalidad de los que estamos ahí. En el transcurso de la fiesta me entero de lo siguiente: todos saben de los performance de Annie. Todos saben que pueden perder la vida esta noche.


 Embriaga una sensación de despedida  en  la atmosfera. El fracaso, el de todos, se vuelve gratitud.

Merlinna me confiesa que se llama Julieta.
Naoko me confiesa que se llama Clarise.
Los dos maricones  tienen nombre, Álbert y Johann.
William, se llama William.
Yo les digo que no me llamo Silvio, les digo que soy escritor.
 Shipman murió, la que presentan en la fiscalía es otra, lo sé de la boca de William.
La otra persona lastimada por la flecha es el hermano pequeño de Anne.
El Chac- Mol alcanzó precios descomunales.
                                             
              
                                                                           
                                                                          

                                                               







                                                                       


                                                                                            Viernes 24 de agosto de 2007.

¿Sabes cual es mi pasatiempo preferido en este lugar? le doy de comer a los pájaros que a esta gente le permiten conservar. Los tienen en el patio;  en tres jaulas de  cinco metros por tres de altura, son bellísimas.
Enterré el cuchillo, William, lo enterré cuatro veces.
Lo hice William  y  lo hubiera hecho por otro, alguien con otro nombre.
La maldita gravedad…  pero llegaste  y te llamas William y no gustas de Balzac. Te extraño. Te extraño por la vez que dormiste a mi lado y te descubrí  observándome dormida,  te extraño por no entender a Balzac. Por tu manera superflua de conducirte,  aquel rostro que se le resbalan las cosas y las acepta sin más.
 Tengo miedo a no extrañarte.  Pocas personas recuerdan aquí  que  extrañan.
Pensé en hacerte un poema, no lo haré.  Me llenaría de vergüenza, me sentiría ridícula escribiéndote un poema ¿Cuál es la edad para dejar de hacer poemas y dejar de sentir vergüenza? Tengo 42 años, William,  y la vergüenza me invade dulcemente.
La ignorancia se acaba, William, se acaba y a nadie parece importarle,  una mujer y un cuchillo aprendiendo a callarse y callar a los demás.
El placer  de ser culpable, William. 
¿Te acuerdas cuando  fuimos a ver esa película de  niños vampiros? Esa tarde hicimos el amor de manera diferente, viste  la brutalidad en mi cuerpo y mi llorar fue un temblor, un reflejo físico del corazón cuando se siente ausente de miradas. ¿Tendríamos que avergonzarnos de tal rugido?  
Hacer el amor con el diablo, William.
Me guardé de las miradas aturdidas.
Ya en la oscuridad habitual del mundo, me detuve.
Es un miembro monstruosamente viril, me arrojé a mamarlo con mi boca, a mamarlo hasta que le  brotaron lágrimas venidas de otro tiempo.
Hasta que a la penitencia le salieran alas.
Hasta que explotó mi tráquea y después él.  El diablo, me dedicó una misa.
Me entregué a las heridas de guerra que vi en sus ojos, sus pupilas me reclamaron el mundo.
Fui penetrada por  sus heridas, una por una hasta que se vació, todas tienen la misma mirada, todas se dieron a mí.  Sus venas alrededor del pene pedían ser succionadas, apaciguadas, pedían un lugar donde reposar la tarde. Mi culo abierto, húmedo por algunos relatos ya contados a punto de morir, exhalaba aullidos incitándolo a descansar en él. Adentro rompiéndome vértebra por vértebra nos invade un miedo. Un miedo venido de las piedras, de los ríos, del cielo. 

                                                                      Lisa Nowak,   desde el infierno.



                                                                                                                  


  










  




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