martes, 10 de septiembre de 2013

MONSTER TRUCK





                                                                 MONSTER TRUCK



El pantalón es de color rojo, de gabardina, y ligeramente acampanado, cuando digo ligeramente acampanado  de verdad es ligeramente  acampanado, con tiro corto y bolsas en el trasero no vaqueras, sólo tiene unas hendiduras  muy discretas como los traen los pantalones de vestir, el pantalón tiene estilo.

Me sentí culpable, las personas en ese lugar despiden por naturaleza un perfume de mala calidad, un olor escandaloso tan llamativo que termina por evidenciar  hediondez. La tienda es para adolescentes trabajadores desangelados.  Para comprarlo me faltó la cantidad de cien pesos, no soy un trabajador.

La noche anterior  había soñado el cuento de las dos lunas otra vez. Había jugado en un jardín y me apetecía aquel pantalón rojo.  Había pensado cerca de una semana antes  decidir entrar a la trasnacional.

 Monster Truck es una ópera vial. Se basa en un hecho real de este México irreal: una elefanta que escapa del circo, al cruzar la autopista choca contra un autobús de pasajeros. Es un triángulo de personajes: chofer, elefanta y motor del autobús; animal, humano y cosa que colisionan pero nunca se encuentran del todo. La elefanta y el chofer mueren sin saber si fue un accidente o sólo una historia más de desamor.

He copiado la sinopsis tal cual  de la obra de teatro que me dirigía a ver después de  mi fracaso en la trasnacional, llegue una hora y media antes, no había nadie, me fui por ahí a caminar, regresé, me formé, hice una conversación sobre payasos, me desformé, fui por una cerveza a una tiendita de la esquina,  no me la quisieron vender, me fui a un barcillo de adolescentes modernos,  me invitó una cerveza una amiga mía, la habían despedido esa noche del bar, me  dijo que nos fuéramos a Guadalajara esa noche.  Me gasté el dinero en cerveza. No entré a la obra. 

Manuela es  otra  mujer, de ella he estado enamorado  un tiempo, la saludé.  Pensé en mis arrugas prematuras  en el rostro, me presentó con su cita en turno: Jonas.  Me reconoció, fuimos a la misma  secundaria, hablamos del destino funesto que les espera a los adolescentes de una secundaria publica, habló de su viaje a Argentina, habló de sus muy diferentes costumbres después de conocer un poco de mundo. Notó mis arrugas prematuras.

Cuando Jonás fue al baño, Manuela  me abrazó, me confesó haber releído una carta que yo  le había escrito  tiempo atrás, en la carta  narraba la forma en que ella peinaba  los cabellos a sus amigas de la infancia,  hablaba del mirar de algunos animales, le confesaba que le  faltaba una partícula de tristeza en su mirada. A Manuela le había encantado.

Me sorprendió varias veces con la mirada perdida, me atraía de nuevo  a su rostro elogiando mis imágenes en los poemas de antaño.

 Yo pensaba en la elefanta muerta, en el amorío entre el chofer, el motor y la elefanta.

También pensaba en la velocidad de Manuela para conocer gente, pensaba en su vulva y en el poco olor que le quedaba  a su cuello como  reserva y testigo de su experiencia con los hombres.  Respiré sus últimas reservas.  Me dieron ganas de chupar su vulva, de despedirme de ella, decirle que no se avergonzara, que de cualquier modo la quería.   Eso en parte sería una mentira. La sigo soñando, me sigue despertando ternura, pero de ningún modo mi espíritu podría  reconocerla ya sin el olor de su vulva ni de su cuello, ahora besaría un recuerdo.

Sentí coraje, pensaba en cuantos tipos la habrían  penetrado, Manuela me abrazaba y mis arrugas en el rostro cobraban dimensiones grotescas.

Fui al otro día por el pantalón rojo de gabardina, todo fue un éxito.



No hay comentarios:

Publicar un comentario