Quien sabe gobernar a una mujer
sabe gobernar un estado.
Honoré de Balzac.
LAS PALOMAS
Arco 77 es la calle donde vive Lucía. Una vecindad de la Delegación Coyoacàn. El edificio es viejo, una caja de recuerdos pertenecientes a la ciudad, es cosa que entre otras cosas se sale de su condición de materia inerte, paredes que, por su inmovilidad voluntaria, hacen que su tiempo traspase al tiempo, que se vuelva parte de los recuerdos de personas que incluso no han estado ahí jamás.
El cuarto es de los llamados de renta congelada. A su tía la devoró un cáncer, hace siete semanas. Fue un intestino podrido. A los cinco días de su muerte Lucía comenzó a comportarse extraña, solo dormía, dibujaba, y volvía a dormir. Los vecinos se veían forzados a dejarle la comida en su puerta. No contaban con que, el “peluchín” –un perro blanco y melenudo- fuera el beneficiario de los guisos impregnados de nostalgia.
Lucía nunca fue dada al dibujo y tampoco a otra disciplina artística, no las conocía. Los días de cautiverio fueron fatales. Ella inundó la cama donde dormía su tia con decenas de dibujos de ballenas. Ballenas muertas a la orilla del mar, ballenas muertas en medio de un embotellamiento en la ciudad, ballenas muertas sobre la calle vacía de Arco, ballenas muertas en su casa. También las dibujó vivas, en albercas, volando por los cielos y también con crías. Un dibujo se repetía, uno de trazos delicados. Este dibujo era del tipo donde cientos de líneas dan profundidad a un objeto. Los colores sólo son rojos y negros, las ballenas las ha dibujado con plumas amarillas bic. En el dibujo se puede ver una calle vieja, de esas que habitan en los centros de las grandes capitales del mundo. El sol se oculta y en cada orilla del papel al parecer hay dos lunas, aunque bien, uno podría ser un planeta. Las personas que habitan la calle visten ropas modernas y antiguas. Hay una panadería, una cantina, negocios. Por debajo de la calle el mar. En el centro de la calle, un canal, que en realidad es el mar visto desde la superficie del pavimento. Ballenas saltan e inundan la calle de agua. Son tres. Lucía ha pintado una familia de ballenas, incluyendo una pequeña. Casi todas las personas traen sombrillas, pero están empapadas. Nadie mira a las ballenas, todos hacen su vida normal; una señora porta un vestido victoriano, trae una bolsa de pan y a la otra mano una sombrilla. A su lado la parte frontal de una ballena que se asoma del canal, la mujer ni la mira. La mujer no mira hacía ninguna parte, está pensando, está perdida. Viene caminando del fondo de la calle.
Después de seis días de encierro Lucía salió. Se veía cadavérica.
Peluchín, -el perro de la vecindad- dormía fuera de su puerta.
Fue directamente a la tienda del señor Emilio. La retacaron de comida, de agua y hasta le lavaron la ropa.
Poco a poco recobró sus costumbres habituales.
Le gusta robarse los dulces de mango con chile del los puestos del mercado y también los cigarrillos de los puestos de periódico, a veces también los periódicos. Los cigarros los fuma en su ventana después de prepararse la cena; patitas, hígados o rabadillas de pollo. Los prepara a la orange. Las vísceras a la orange consisten en remojarlas en un refresco de naranja cerca de un día para después freírlas en mostaza y ya fritas, les derrite un CarlosV con un poco de orégano.
Después de cenar se pone a mirar las palomas en los cables y en los techitos de cemento que salen de los edificios frente a su casa, le gusta vigilar a las palomas. Goza de mirarlas cuando están dormidas, cuando se acurruca una contra la otra. Le gusta pensar que se vuelven líquidas. Le gusta pensar que se vuelven piedras que están soñando, que sueñan porque desean.
Tiene la piel blanca, la idea de teñirse el cabello de negro azulado le da vueltas por la cabeza. Es delgada, de rostro afilado, tiene un colmillo encimado en el diente vecino y sus audífonos son parte de su cuerpo; ahora vive sola.
No soporta los domingos. Arco 77 se torna insoportable. Don Emilio y su esposa se apropian de la vecindad; llenan el área como quien llena un espacio vacío sólo por ociosidad, por inventar algo que de sentido. La mujer sufre de bochornos, es delgada y tiene el cabello teñido de rubio, en su tono de voz se alcanzan a escuchar palabras que nunca dijo. Se llama Esther, tiene cincuenta y un años y trata a las vecinas de su edad como viejas decrepitas. Tienen una tienda de abarrotes. Ella sabe que son a los que mejor les va económicamente. Entre las palabras que habla con don Emilio ya no figuran los silencios para preguntarse quien es su compañero de vida. Se reúne con mujeres más jóvenes para comprar cosméticos de catalogo o zapatos o trastes o cualquier cosa de catalogo. Don Emilio llena la vecindad de borrachos que se lamentan por perder el juego de fútbol. Cuando gana el partido, igual hace que sus jugadores se lamenten por no haber metido los goles suficientes. El sonido de las lavadoras, las paredes y los niños son impregnados por la furia del fracaso. Arco 77 a las seis de la tarde parece un barco que se hunde irremediablemente.
Esos días Lucía no puede concentrarse en los movimientos de las palomas.
Lucia sacó una caja de la puerta corrediza que está a un costado de su cama, la caja contiene objetos de su tía: pinturillas, fotografías, un vestido, medicinas, su artritis. Era domingo.
Lucía tiene 13 años.
Lucía se pintó los labios.
Se puso el vestido.
A Lucía le da por platicar con la nada, dedicarse las canciones a sí misma o a sus zapatos, a las muñequillas de migajón que vendía su tía o a la bombilla de luz.
Se puso a lavar los trastes y después le dieron ganas de limpiar los pisos, después le dieron ganas de hacer muñecos de migajón, después le dieron ganas de limpiar toda la casa, escuchar la radio con un traguito de un mezcal que por allí guardaba y después le dieron ganas de salir a la calle con el labial, la muñeca de migajón y el vestido de su tía le dieron ganas de irse a parar junto a las putas de la calzada de Tlalpan, de subirse a uno de los coches en los que se suben las otras muchachas, y después le dieron ganas de otro traguito de mezcal y después le dieron ganas de llorar.
Fue con las putas de la calzada de Tlalpan, subió al coche de alguno de esos tipos.
Lloró.
El tipo que la subió era profesor lingüista, había sido el primero en detener el auto después de 30 minutos de esperar en la calzada de Tlalpan. Las demás miraban a Lucía con extrañeza pero no se atrevieron a intervenir.
El profesor estacionó el coche junto a ella. Una sensación en el estómago la asaltó y las manos comenzaron a sudarle, de tal modo, que humedecía lo que tocaba. Los ojos del hombre le parecieron temibles: demasiado claros.
Se subió al coche sin decir nada, cerró la puerta y se acomodó en el asiento dándose pellizquitos en la pierna derecha, el profesor hacia algo parecido con el volante. El profesor lingüista no habló en todo el trayecto rumbo al hotel, el transcurso parecía no terminar nunca; estacionó el coche a las afueras de una tienda de licores sobre Tlalpan, compró whisky que sorbía a pequeños tragos; puso la radio.
Estando en la habitación, Lucía se encerró en el baño y puso la última muñeca de migajón que había hecho su tía en el lavabo, de modo que, teniendo la puerta abierta del baño pudiera verla desde la cama. El profesor se paró tras la ventana a mirar a través de ella.
El profesor, por fin le pregunto su nombre.
Lucía le contestó.
-¿Lucia alguna vez te han contado un cuento?
-No, respondió.
El profesor sin dejar de mirar hacia la calle empezó a contarle cuentos, narraba con lentitud agradable, los naranjas rayos de sol se escurrían en la habitación.
Lucía miraba su silueta desde la cama, recostada, a veces cerraba los ojos en los episodios más interesantes. El profesor de vez en cuando interrumpía los relatos para servirse un trago.
A Lucía por ratos la vencía el sueño y cuándo despertaba, el profesor lingüista seguía columpiándose en su voz con la vista fija a través de la ventana. Lucía no dejó de escuchar su voz en el ensueño.
Lucía fue una ola de mar que se iba, que regresaba, que se volvía a ir y que regresaba siempre con algo distinto, un caracol pegado de sus cabellos, un alga entre sus piernas. Una vez sintió que había regresado sin cabeza.
Lucia se paró al baño, al profesor parecía ya no importarle su presencia. Lucía se metió debajo de las sabanas. El hombre se hacía preguntas. Habrá volteado a verla un par de veces; callaba por cerca de un minuto mirándola y volvía al relato.
En un cuento Lucía dedicó especial atención, era uno ruso. La historia de una muchacha que acompañaba a su padre de cacería por la noche, en un paisaje blanco azulado. Con ellos había un reno. La luna quería llevarse a la muchacha. El profesor acentuó en esta parte que a las personas que la luna se llevaba solían ser personas sombrías. El reno ponía en advertencia a la muchacha y le ayudaba a esconderse. La primera vez que intentó llevársela, el reno la convirtió en puerta de chocilla abandonada en el bosque, cuando la luna bajó, no la encontró. La segunda vez la metió en una olla de la misma casa y tampoco la encontró. La tercera vez que bajó la luna por ella, el reno la convirtió en un candil, un candil luminoso y tampoco la encontró. La luna se cansó de bajar a la tierra, al ver que la luna había perdido todas sus fuerzas, la niña dejó de temer y salió de la casa y lanzó una cuerda atrapando a la luna. Muy triste le dijo la luna: “¿ahora me fijaras verdad?, es justo, yo quería llevarte conmigo, pero antes que nada ¿me podrías tapar? Estoy helada.”
─ ¿Cómo que helada?, Si tu nunca has tenido casa, ni nada, eres libre, -respondió la chica.
─Es cierto, si me desatas yo te prometo que guiaré a tu pueblo (…) -contestó la luna.
Lucia sentía una extraña sensación, las caricias qu le recorrían la entre pierna, humedecieron sus pantaletas. El aliento alcoholizado del profesor le gustaba. El dolor que le había provocado el intento de penetración no fue menor, ofreció resistencia. Brotarón lágrimas, tuvo miedo. El profesor desistió, caminó hacia la ventana, se sirvió Whisky. Lucia fue hacia él, hacía su pecho, acurrucó su rostro en su pectoral, le abrazó fuertemente, el apretón habrá durado no menos de cuatro minutos.
Lucía empezó a bajar tomándolo de su espalda, después, de sus nalgas, de sus piernas.
La muñeca de migajón miraba.
Se quedaron dormidos en un intento de ver a la luna nacer, acurrucados el uno contra el otro, como piedras de mercurio que sueñan, que desean.
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