2012
Fue un quince de septiembre, en la tradicional elotiza que organiza mi familia, no dolió, simplemente se desprendió y por poco se lo come confundiéndolo con un grano de elote. Aquel septiembre de 2011, mi padre se quedaba sin dientes, fueron cinco en total los dientes perdidos en un lapso de tres meses. Para la celebración del año nuevo, su gestualidad en las fotografías era otra; en los primeros retratos de la noche, sonríe ligeramente, en las imágenes del primero de enero, por la mañana, el alcohol ingerido le hace parecer más una deidad Azteca, un esperpento, un monstruo. Mi madre lo mira.
Mis padres son pobres. A él siempre le dio miedo salir con otras mujeres, nunca tocó a mi madre en una forma violenta. A ella nunca la vi comer sin esperar su llegada.
Tengo una hermana, Teodora. Ella es incluso más bella que mi madre.
La casa de cartón que el gobierno entrega por treinta años de trabajo mi padre la obtuvo a sus cincuenta y dos años. El error no fue su edad. El error fue la ubicación de la casa: Morelia, ese estado tan nombrado por su violencia.
La razón de la mudanza fue porque un día mi hermana, ilusa, creyó haber superado su belleza. Se rebeló contra su esposo. El hombre la había sacado de un antro de Polanco a bola de putazos, después la encerró en el garaje de su casa, la amarró y la sumergió en una tina de cervezas con hielos, desnuda, por poco muere.
Mi padre enfrentó al esposillo de Teodora, que por cierto no mide más de unos ciento sesenta centímetros. Fracasó.
Mi padre renunció a su trabajo luego de obtener una casa en esas tierras e intentó llevarse a Teodora con él. Fue entonces como acabaron en Morelia. luego mi padre prueba poner un changarro de carnitas en tales tierras. Fracasó.
Otro hombrecillo llegó al changarro, no dijo más que unas veinte o treinta palabras:
−Guerito, el patrón quiere dinero. Voy a pasar todos los viernes por mil quinientos pesos, oye, qué buena está tu esposa, apuesto a que le gusta que le den por atrás. Guerito, mira, ven, acércate te voy a enseñar algo.
Se acercó. En la cajuela del auto negro vio un aspa como las de las cortadoras de pasto que usan gasolina, estaba instalada eléctricamente. El hombre encendió un interruptor a un costado de la cajuela. El aspa comenzó a girar. El hombre dijo:
−Bueno Guerito, ya sabes, ponte a chambear, salúdame a tu nalguita.
Mi padre, sí dijo algo. Nadie lo escuchó.
Les cuento esto porque estábamos en el caso de Teodora. Mi padre iluso fue a parar allá para rescatar a Teodora de su maléfico esposo. Por supuesto Teodora no se fue con mi padre.
Ella ahora es la persona más feliz en una casa que compro su hombrecillo con el dinero que roba de los bancos por la zona de Villacoapa. Le lleva tambora en los cumpleaños para festejar a mi hermana. Mi sobrino de diez años arroja los instrumentos y a los músicos a la alberca. A mi padre, Teodora y su esposo lo ponen ebrio con una botella de ron.
La última vez que estuvimos con ellos en su casa con alberca, el hombrecillo se quejaba con mi padre de una situación vivida con Teodora, a lo que mi hermana respondió: “qué querías, tú me enseñaste a disparar”. Mi padre soltó la risa.
Nací en el año de 1984, tengo 28 años. En el último año, me han diagnosticado tres veces herpes, en la espalda. No vayan a creer que soy un homosexual promiscuo, ¡me da en la espalda! La primera vez que me dio el chingado herpes fue a la edad de once años, recuerdo que fue el verano en que pesqué la idea de querer suicidarme.
He dejado un poco la idea del suicidio, ahora trato de explorarme, de sacar mis talentos.
PRIMERA AZOTEA, LA GUERRERO
He vivido en varias azoteas de la ciudad de México, la que más me asombró fue la de la colonia Guerrero, pinche colonia llena de espíritus y de drogadictos mal nacidos, en fin, es algo que pude soportar, yo sólo soy alcohólico.
No soy un alcohólico cualquiera, quiero que lo sepan. La manera de obtener el alcohol es vendiendo películas de arte en los bares de la ciudad de México, en la Roma, en la Condesa, y en el centro. Primero llego muy propio, muy humilde con los meseros del bar; casi siempre terminan cayendo, dicen que les encanta todo eso. Siempre hay la clásica chica que estudia actuación y se emociona fácilmente, o los chicos que aspiraron a ser jonkies y ahora desean redimir una vida de ocho años en drogas interesándose ahora por cosas creativas; casi todos tienen proyectos culturales que nunca llegan a realizarse.
El siguiente paso para la obtención de alcohol, es pasar con los clientes del bar una vez ganada la confianza de los meseros. Con los comensales la actitud es totalmente opuesta, puesto que ya se dieron cuenta del material que traigo; básicamente lo doy a desear. Una vez que desean el producto el siguiente paso es comportarme arrogante, a ellos les encanta, sienten que no están tratando con un vendechicles y mucho menos con un alcohólico. Sólo ofrezco una vez, eso es una regla, después dicen “¿de qué tipo son tus películas?” Yo digo: “¿las quieres ver?” Esta parte es la más importante, porque lo digo muy serio y miro directo a los ojos, y ellos dicen “¿a ver, que traes?” Yo simplemente las pongo sobre la mesa y los más idiotas (no todos) dicen: “aaah, son de arte”, y yo no digo nada y hago un gesto: tuerzo un poquito la boca como diciendo: mmm, llámales como quieras. Los más listos (no todos) preguntan: “¿qué me recomiendas?, a ver, dime una, sólo una”. Y siento un alivio porque en ese instante ya tengo mi copa en la mano, o sea, ya cayeron. En ese momento cambia mi actitud y me comporto simpatiquísimo y hago sonrisitas muy discretas, les pregunto el nombre de una película que les haya fascinado y ellos dicen: mira onda así, y mencionan algunas películas. Lo que sigue después me da güeva escribirlo, sólo les informo, lectores, que me luzco. En fin, ellos dicen: “quieres una cerveza”, y yo digo: “está bien”, pero obvio nunca pido una cerveza, pido lo mismo que ellos están tomando, eso me costó un año aprenderlo.
El cuarto de azotea en la colonia Guerrero está ubicado en la calle de Beethoven, entre Schubert y Chopin frente a la pulquería el amor tranquilo. En el cuarto de habitaba el espíritu de un hombre, hicimos el amor un par de veces, era de lo mejor. Recurrí a uno de esos tipos dizque experto en la materia para ver qué se podía hacer con el fantasma. No me creerán lo que pasó. El tipo me preguntó si era hombre o mujer el espíritu, le dije que era hombre, y él me preguntó cómo sabía cual era su sexo, y yo le contesté, con toda la vergüenza del mundo que había tenido relaciones con él. El experto empezó a preguntar los detalles y finalmente llegó a la interrogante de que si había sentido rico, “pues sí, sí sentí rico”, contesté, en una postura de defensa. Me sonrió y me dio una palmadita por la espalda y comentó: “Eso es normal, ¡disfrútalo, de esos ya no hay!” Y luego me salió con la idea de que tenía que quedarse una noche en mi casa para sacarlo. Si lo supieran los escritores barcelonenses a los que mandan a escribir retratos del D.F. Si supieran que a algunos mexicanos nos gusta hacerlo con los muertos.
SEGUNDA AZOTEA, LA ROMA
En realidad no es una azotea, es una adaptación de una zotehuela de un departamento, en fin, en el departamento dónde me instalé era en un principio un departamento de tres recamaras, cuando yo llegué había siete recamaras, tres gatos y el dueño padecía esa enfermedad sicológica de coleccionar basura.
Ahí también había un espíritu, era un niño, Por supuesto no hicimos el amor. Me acostumbré a convivir con las ciudades invisibles que nos habitan.
Esa etapa fue depresiva, ya saben, botellas de vino, siete bolsitas de aceitunas diarias, en fin, todo lo que pasa cuando nos invaden esos recuerdos que sin existir existen.
Lo peculiar de esa azotea no fue la enfermedad de mi casero, ni que era homosexual, ni que instalaba a puro maricón pueblerino bajado a tamborazos en el mero corazón de la Roma, ni la finísima presencia de un militar que me dejaba encerrado cada vez que al hijo de puta se le daba la gana, nada de eso, lo peculiar fueron los gatos, en especial Paris, un gato persa totalmente negro. Él me enseñó poesía, sólo que a veces notaba mi agradecimiento y el muy cabrón se orinaba en mi cama. Yo por esos tiempos no podía tener sexo con gente real porque inmediatamente venía la pesadilla. El mal sueño es el siguiente: yo estaba en un desierto, con dunas, contemplaba el paisaje y de repente salían gatos de todas direcciones, eran gatos feroces que corrían hacia a mí, cuando estaban a punto de alcanzarme, se convertían en panteras enormes dispuestas a despedazarme.
Ayuné por cuatro días, tomaba té de salvia, jazmín y naranjo. El cuarto día me ligó un gringo en la calle, era de unas cuadras atrás, de la calle de Querétaro. Era interesante. Cuadros carísimos en sus paredes. Nos fuimos a la cama. ¿Sería de mal gusto decir que ha sido el pene más grande que he visto?, en fin, ya lo dije. Toda la noche sudé en frío y los gatos estos estaban más enfurecidos que otras veces. Llegué a casa como a las diez de la mañana, el militar no estaba, ni los maricones pueblerinos, sólo Paris echado en mi cama, obvio: miada.
No aguante más, hablé con Paris muy seriamente, le dije: “¡Paris, ayúdame! Se perfectamente que tú te has estado metiendo en mi sueños y sabes quienes son esos pinches gatos del culo que me molestan, ¡Paris!”
El gato me peló los dientes. Me tomé unas tazas con café abandonadas en la cocina y me fui a leer poesía para no dormirme, buena y mala poesía, la que no me gustaba la leía con más esfuerzo sólo para confirmar que los insultos que le había dicho al seudo poeta unas semanas antes en un café donde le vendí unas películas, no estaban fuera de lugar.
Me ganó el sueño, no pude resistir, la poesía era demasiado mala. Aparecieron los gatos, furiosos como los había visto unas horas antes en mi aventurilla con el gringo, esta vez fue diferente. Me acordé de lo que un hombre canoso me dijo en un sueño unos meses antes, en la azotea de la Guerrero “tienes que comer carne de gato”. De entre todos los gatos del sueño había uno al final de la pequeña manada, uno negro que se le parecía mucho a Paris. Lo miré justo cuando el primer gato, con cara de demonio, se me lanzaba. El último gato de la manada me miró y se lamió su patita. Tomé al engendro endemoniado, que se abalanzaba sobre mí, por la cola y lo azoté varias veces contra el suelo. Primero le salio sangre por el hocico, después por las orejas, después por los ojos. Los otros gatos salieron corriendo a mí alrededor, levantaban polvo, corrían fuerte, se veían bellísimos. Obvio: recuerdo el sabor de la carne de gato.
Antes de pasar al final de la historia, la última azotea donde ahora vivo, quiero hablar de los tianguis del D.F. ¿que tienen que ver? Nada, sólo que los escritores barcelonenses y argentinos e incluso los chilenos, no los mencionan en sus novelas sobre esta ciudad.
Mi padre vendía chácharas en un tianguis, uno de sus múltiples trabajos, tal vez les parezca interesante a los extranjeros que lean esto. El D.F. es el tiradero del mundo, un ano por donde pasan los desechos de las naciones. Se pueden encontrar cosas de a un peso, garras que los gringos tiran, medicinas de contrabando para el sida, armas que también tiran las grandes naciones, computadoras viejas, infinidad de plástico chino, piratería de ropa, discos, películas y, por supuesto, drogas y comida de baja calidad; como las tortillas que se hacen con el maíz que le compramos a los gringos y que ellos sólo ocupan para alimentar a sus cerdos.
Mi tarea era recogerlo el puesto, a esas alturas del día mi padre estaba borracho. Siempre he tenido una facilidad para saber acomodar los objetos por su forma, metía las chácharas con suma meditación en el coche que, por cierto, se llamaba la Catarina, era rojo con manchitas negras, el escape roto y el piso también. Éramos una especie de familia pica piedra, teníamos que ir siempre con las ventanas abiertas porque al coche se le metía todo el humo que un coche normal saca por el escape. Las ventanas se mantenían abiertas en las borracheras de mi padre en diciembre, aún a las 5 de la mañana. De cualquier forma una dosis de menos o más esmog en esta ciudad del infierno no es mucha diferencia. Cuando vienes bajando en avión al D.F. atraviesas una densa capa de tóxicos, son las heces, la suciedad propia de un ano. Si te fijas en los viejos edificios del centro, te darás cuenta que la ciudad se hunde, los edificios están siendo inclinados como si estuvieran construidos sobre un cráter vacío, y la verdad es que sí, estamos construidos en una depresión que contiene agua, como cuando Jesús, que caminó sobre las aguas, así nosotros también. Somos el culo del mundo.
TERCERA Y ÚLTIMA AZOTEA, LA PRADO CHURUBUSCO.
En el tercer azote, [perdón azotea] ya no estoy solo (bueno, en realidad nunca lo estuve), comparto este cuarto con Deulaula. Somos violentos.
Los escritores barcelonenses, chilenos, bla ,bla, bla, tal vez sí mencionen en sus escritos a lugares como el Wawis, que se encuentra sobre eje central, a un costado de Garibaldi. Se caracteriza por su buena cumbia, sus shows travestís y sus imitaciones de la Tesorito o Daniela Romo. El éxito que interpreta Daniela Romo es: “Que vengan los bomberos que me estoy quemando” En estos tugurios viví una buena época. Un día Deulaula y yo recorrimos todo el centro chichifeando a viejos, la primera parada fue La bota, un bar ubicado en la calle de San. Jerónimo, después pasamos al Wawis y engañamos a uno de esos tipos que frecuentan el lugar. Nosotros cantábamos: “Que vengan los bomberos que me estoy quemando que vengan los bomberos que esto es un infierno, hay fuego, fuego… “ Lo de siempre, una de esas líneas de coca, luego Deulaula le tocaba la rodilla al cliente por debajo de la mesa y después el miembro. Deulaula fingía que me engañaba con el cliente: que los coqueteos hacía los a mis espaldas. Deulaula es moreno, un espécimen bien cotizado en el mundo maricón. Ese día fue lo de siempre, excepto por un detalle. Al salir del Wawis a las ocho de la mañana, Deulaula me puso un acido en la boca, entonces yo le dije que fuéramos a Chapultepec a ver a los osos pandas o al Castillo o a pintarrajearnos las caras de perritos o a sacarnos fotos con el Rambo falso que lleva ahí desde que nací, o a remar románticamente por el lago, me dijo: No, vamos a los baños de vapor, tengo ganas de cogerte.
Llegamos a los chingados baños del metro Hidalgo. De a 40 pesos el general, o sea con toda la pinche plebe ebria, que, no obstante con haber posiblemente cogido toda la noche, remata en los baños, con agua mineral y refresquitos, clamatos y cualquier líquido que ayude a la cruda.
Lo obligué a hacerlo con un vato que, en principio, quería conmigo. Lo engatusé, Deulaula creía que me lo iba a despachar yo, pero ni madres, el vato ese incitado por mí penetró a Deulaula en un ataque sorpresa. Deulaula me miro preguntando: ¿por qué? le dije que se aguantara con todo y que andábamos hasta el culo de ácido. Después de que terminó el tipo le dije a Deulaula: “toma culero por no llevarme a ver los osos panda a Chapultepec”.
Después de la escena, salimos del cuartito del tipo; que es donde dejas tu ropa para entrar al vapor. El efecto del LSD parecía no terminar nunca. Recorrimos el pasillo de los cuartitos, bajamos las escaleras con una toalla en la cintura y nuestra ropa y tenis en mano. Llegamos directo al mostrador y pagamos un privado. El individuo que da los tikets dijo: ¿Qué muchachos ya no les gusto? Esperamos a que nos asignaran el privado. Fui directo a la regadera y abrí la llave del agua fría, cerré los ojos. Deulaula se acostó bocabajo en un silloncito que se encuentra previo al cuarto de vapor. Fui y lo abrace, me besó durante cuatro minutos. Lo empecé a tocar. Deulaula comenzó a llorar, yo estaba por encima de él, de frente. Tenía con su cabeza en mis manos. Me dijo; “Te odio”. Después de unos tres minutos su cabeza la movía lentamente de un lado para el otro diciéndome: “te odio”.
Guardé silencio.
Trataba de mirarlo fijamente.
Le acariciaba el culo.
Las gotas que me escurrían de mi cabello se confundían con sus lágrimas.
Lo penetré.
De pronto vimos la piel llena de escamas miniaturas del color del oro.
Éramos como esos peces del Japón con bigotes haciendo el amor.
− ¿Estás viendo lo mismo que yo?, -pregunté.
− ¿Tu piel? –contestó.
−Sí, - dije.
Guardamos silencio, nos besamos, apreté su cabeza contra mi pecho. Abrimos los ojos al mismo tiempo y pronunciamos: “¡eres un pez!”
Le dije: “de esos que traen bigotes”.
Paré. Me llevé las manos a los ojos y dije: “Que pedo, estoy puestísimo”, Me acosté a su lado.
Lo anterior nos provocó un brote de risa que daba miedo, empezamos a recordar al viejo del Wawis, Empezamos a recordar la noche.
Mirábamos hacía el techo en donde había una especie de reja que parecía más un tendedero de condones usados. A veces chocaban nuestras miradas y volvíamos a ser peces bigotones. Nos quedamos dormidos. Me desperté, Deulaula tenía una erección, dormido. Lo volví a intentar, parecía que las erecciones no se iban nunca. Unos quince minutos después Deulaula lloraba. Me preguntó: ¿me quieres? No paré de metérsela. Me pellizcaba una nalga, su mirada la desviaba hacia los azulejos del cuarto, cerraba los ojos y berreaba como niño diciéndome: “Te odio, te odio, te odio, te odio…” se movía. Minutos después el cuerpo de Deulaula había cobrado una sumisión total al mío. Ahora era totalmente blando, silencioso. El llorar se convirtió en suspiros, como un niño que deja de berrear y la siguiente media hora le salen suspiritos incontrolables.
Salimos de los baños a las seis de la tarde, atravesamos la Alameda Central. El sol me pareció un milagro; Lloré. Deulaula me tomó de la mano y me dijo: “te amo”.
Decidimos ir al barrio chino a comer arroz, a ver si se nos bajaba el efecto. Nada.
Atravesamos el centro por Motolinía, Bolivar, Eje Central, etc. Dábamos vueltas y vueltas entre risas y silencios. Los silencios eran aterradores.
El efecto del LSD parecía haberse intensificado con la comida. Me albergaba una sensación de desprendimiento de varios cuerpos en lo que fue uno. Era como si se desparramaran. Era angustiante; uno puede estar sentado comiendo un helado y el otro uno puede observarlo recargado en un poste. Por un momento pensé que así me quedaría.
Llegamos a la calle de Regina. El último alusín de la tarde. Yo de plano me acosté en el suelo cual pordiosero. Deulaula se sentó en la banca de enfrente, parecía cuidarme.
Empecé a ver la calle la de una manera antigua, más antigua de lo que es en realidad. Me daba la sensación de respirar agua de mar. En de Regina el piso es de dos colores; en las orillas es más oscuro que en el centro porque los separan unas líneas que hacen la función de coladeras.
En el centro de la calle se formó una abertura, yo quedaba justo en la orilla, me asomé a ver que había abajo. Había mar. Ballenas nadando por debajo de la ciudad, muy lentamente. Me quedé observando hacía abajo y cuando quise voltear a ver a Deulaula la calle ya no era la misma.
Yo estaba afuera de una cantina tirado, la cantina parecía vieja, hacia el fondo de la calle había una mujer a espaldas a mí. Llevaba una bolsa de pan.
Había ballenas bebés tiradas en la call, pensé en echarlas al agua. Me acordé que nada de lo que veía era real. Sin embargo sentí mucha paz al observarlas. Voltee a ver a Deulaula y le dije: “¡piensa en ballenas!” Deulaula me sonrió.
La calle donde vivimos se llama Aurora boreal. Siempre me ha parecido romántico, la de atrás se llama Escorpión y la de enfrente Aries y así. El Centro Nacional de las Artes se ubica a unas cuadras. El edificio en donde vivimos es una gelatina, está a un costado de un puente vehicular, es la salida a no sé qué lugar porque todas las noches pasan trailers hechos la chingada y se balancea. Le digo a Deulaula que el sonido de los coches es como el mar, cuando las olas se van y regresan, como cuando sintonizas en la televisión un canal sin señal y aparece una cosa gris, y luego subes y bajas el volumen y se escucha como el mar. Estábamos en la época en que temblaba cada hora en la ciudad, Deulaula y yo regresábamos de desayunar cuando el muy carbón me dijo: “Te tengo una sorpresita, hice una cita por Manhunt. Espera, vuelvo en cinco minutos, tiende la cama.” Llegó con el chavito de nombre Ezequiel. Nos tomamos unas cervezas y luego nos acostamos con él. Deulaula se pasó de verga. En el primer palo: todo bien. La cosa fue que el cabrón se aventó cinco palos más sin mí. El muchacho se fue y nosotros no teníamos ni un peso. El niño tenía hambre después de sus cinco palotes que se había aventado, me dijo: voy con mi madre a cenar ¿vas o te quedas? Me quedé, borracho y con la panza vacía.
Yo realmente enloquecí, no había cosa más placentera que ver a Deulaula borracho, a él, el alcohol lo emputece.
Al otro día destrocé todo en el cuarto, le rasgue a Deulaula su ropa más cara, con unas tijeras.
Le formé los siete condones con semen en el suelo, pintarraje todo el cuarto con letreros amenazantes. Salí a emborracharme al bar La Bota, el bar de la calle de San. Jeronimo. De regreso pasé a comprar una navaja de afeitar. Le puse la mayor madriza de su vida. Salió huyendo a la casa de una amiga en la madrugada, sin un mechón de pelo, cortado, puteado. Me pedía perdón. Al otro día llegó demandándome que me fuera del cuarto. Yo le dediqué un poema que había escrito noche anterior y que llevaba por título: Hacer el amor con el diablo, lo recitaba mientras lo hacíamos, en eso se sacudió la ciudad por un temblor de 6.8 grados, decidimos no parar.
Deulaula tiene problemas de inseguridad, es comprador compulsivo y bulímico. Por esas fechas hacíamos una comida al día. La renta nos cuesta 1500 pesos, yo vendo en promedio mil pesos a la semana, el problema es que de esos mil pesos gastó seiscientos en cerveza el mismo día que los gano y me quedan cuatrocientos para comer dos personas sin tener estufa ni refrigerador, y pagar la renta. Comíamos sólo sopas Maruchan de a ocho pesos y cocacola en el Oxxo.
No sé si los escritores barcelonenses o argentinos se hayan tomado la molestia de hacer cuentas en sus libros, parecería que el dinero en la literatura es de mal gusto. Hablar de esta pinche ciudad del infierno ya es de mal gusto en todo caso. Poner, por ejemplo, que 1500 pesos para un cuarto de azotea del tamaño de una casa de campaña y con los problemas de alcoholismo que padecemos los defeños, con un sueldo mínimo de 65 pesos por día la hace más asfixiante, insoportable e inescribible.
¿Cómo miran la belleza dos individuos en picada? ¿La miran? No, no les importa. Deulaula me había regalado su libro favorito, en la contraportada decía: “Traigo un motor adentro y me dan muchas ganas de usarlo para estrellarme contra la pared” Estoy hablando de Diablo guardián, de Xavier Velasco. Deulaula lo había leído tres veces, era su Biblia. Cuando nos rompíamos la madre o cuando subía de peso, Deulaula retomaba su lectura como quien consulta un libro de proverbios, me dejaba de hablar y compraba montones de Sibutramina, -una anfetamina para bajar de peso- y luego ya bajo de peso y con los capítulos preferidos bien repasados, volvía a mí como si nada.
Lo conocí en una librería que está en la calle de Benjamín Franklin, en la Condesa, me había sentado en unos silloncitos para leer unos cuentos de Clarise Lispector. Me siguió por la librería hasta sentarse frente a mi, el hijo de puta se sentía la protagonista de Diablo Guardián. Había escuchado que el libro se había vuelto de culto entre los adolescentes del D.F. Deulaula después me confesó que esa librería era su lugar preferido para levantarse algunos clientes.
La violencia entre Deulaula y yo fue creciendo, llegó a un tope que no contaré. Ahora nos estamos separando. Ayer lloró mucho, tenía una chamarra nueva, carísima.
Se mudo a un departamento súper chingón. Me mando a la verga.
Por fin se lo dije: “Te amo”
Me mandó a la verga.
Mis padres siguen varados en ese otro lugar maldito qué es Morelia Michoacán, sin changarro de carnitas, ni Teodora, y sin dientes.
Admiro el retrato del D.F. de los escritores barcelonenses, chilenos y argentinos.
“Necesito que me odies, Diablo Guardián. Que escribas mi novela sólo para vengarte, para que los lectores me odien más que tú. Quiero que alguien arranque las hojas y escriba en la portada: Puta infecta. Y quiero que después cierres los ojos y me mires y me digas: Violetta, no puedo vivir sin ti. Quiero que me ames por eso, no a pesar de eso. Que maldigas tus momentos más felices y no puedas dormir si no rezas por mí. “…
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